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(2007-10-12)

Lau Teilatu


Alvaro Bermejo


En 1977 el Oscar a la Mejor Película fue para una historia de amor anticonvencional. Un tipo feo, enclenque y alopécico pasea por Nueva York una neurosis descomunal. No obstante, aspira a seducir a una mujer tan atractiva como inestable. Aquella inolvidable Annie Hall consagró a Woody Allen como un icono de nuestra generación.

Ese mismo año aterrizó un ovni en el centro de París. Calificado de «escándalo arquitectónico » y como «maquina urbana» por sus jóvenes arquitectos –Renzo Piano y Richard Rogers–, también el centro Pompidou se ha erigido en uno de los iconos contemporáneos. Por su diseño heterodoxo, por sus seis pisos de cristal con los intestinos a flor de piel en cuatro colores. Azul para el aire acondicionado, amarillo para los conductos eléctricos, rojo para los ascensores y verde para las cañerías.

¿Serían esos cuatro colores los que veía Juan Carlos Pérez cuando compuso su legendaria canción, ese mismo 1977?

Lau Teilatu tiene mucho de todo eso. Cuenta una historia de amor donde se mezclan el sabor de las raíces, un toque «freak folk» y una frescura que no dejamos de añorar treinta años después. Hoy la mítica balada de Itoiz regresa en una versión firmada por tres donostiarras: las voces de Amaia Montero y Mikel Erentxun, al compás del piano de Joserra Senperena. Suena soberbia. Un cruce perfecto de Annie Hall y Pompidou en una madrugada de gaupasa de las de entonces, cuando «izarrak gurekin daude, « las estrellas estaban con nosotros.

También entonces había dos mundos y dos comunidades culturales, pero Duncan Dhu y Kortatu tocaban juntos, Mikel Laboa era como un patriarca bilingüe y nadie en la cultura estaba bajo sospecha. No me pregunten mi versión de cuándo y por qué se rompió la magia. Miro hacia adelante y sólo sé que este país tiene una acuciante necesidad de irradiar sentimientos positivos. Como esta balada que regresa para recordarnos que el éxtasis y la belleza pueden existir aun en medio de la más cruda batalla política. Algún día nuestros cuatro tejados serán los de una misma casa para todos. Y volveremos a ser felices, «ilargi erdian», nada más que con un piano y un poco de champán.