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Lau Teilatu
Alvaro Bermejo
En 1977 el Oscar a la Mejor Película fue para una historia de amor
anticonvencional. Un tipo feo, enclenque y alopécico pasea por
Nueva York una neurosis descomunal. No obstante, aspira a seducir a una
mujer tan atractiva como inestable. Aquella inolvidable Annie Hall consagró
a Woody Allen como un icono de nuestra generación.
Ese mismo año aterrizó un ovni en el centro de París.
Calificado de «escándalo arquitectónico » y
como «maquina urbana» por sus jóvenes arquitectos Renzo
Piano y Richard Rogers, también el centro Pompidou se ha
erigido en uno de los iconos contemporáneos. Por su diseño
heterodoxo, por sus seis pisos de cristal con los intestinos a flor de
piel en cuatro colores. Azul para el aire acondicionado, amarillo para
los conductos eléctricos, rojo para los ascensores y verde para
las cañerías.
¿Serían esos cuatro colores los que veía Juan Carlos
Pérez cuando compuso su legendaria canción, ese mismo 1977?
Lau Teilatu tiene mucho de todo eso. Cuenta una historia de amor donde
se mezclan el sabor de las raíces, un toque «freak folk»
y una frescura que no dejamos de añorar treinta años después.
Hoy la mítica balada de Itoiz regresa en una versión firmada
por tres donostiarras: las voces de Amaia Montero y Mikel Erentxun, al
compás del piano de Joserra Senperena. Suena soberbia. Un cruce
perfecto de Annie Hall y Pompidou en una madrugada de gaupasa de las de
entonces, cuando «izarrak gurekin daude, « las estrellas estaban
con nosotros.
También entonces había dos mundos y dos comunidades culturales,
pero Duncan Dhu y Kortatu tocaban juntos, Mikel Laboa era como un patriarca
bilingüe y nadie en la cultura estaba bajo sospecha. No me pregunten
mi versión de cuándo y por qué se rompió la
magia. Miro hacia adelante y sólo sé que este país
tiene una acuciante necesidad de irradiar sentimientos positivos. Como
esta balada que regresa para recordarnos que el éxtasis y la belleza
pueden existir aun en medio de la más cruda batalla política.
Algún día nuestros cuatro tejados serán los de una
misma casa para todos. Y volveremos a ser felices, «ilargi erdian»,
nada más que con un piano y un poco de champán.
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